Anclas

Hay viajeros que empacan para terminar viajando a ningún sitio. O mejor dicho, hacia sí mismos. Llenan sus maletas de esperanza, expectativas y recuerdos, creyendo que el destino será mucho mejor que el punto de partida. Por fortuna, descubren a tiempo que su maleta llena de ilusiones pesa mucho más que la razón y la lógica, que ningún avión lograría despegar con tanto peso encima. Deciden quedarse y evitar una catástrofe que podría esparcir sus restos por el suelo. Es la tragedia del pasaporte negado: el viajero se ciega por la belleza de una tierra prometida, hasta que entiende que uno nunca viaja solo, sino siempre acompañado de lo que quiere dejar atrás.

Llegado el momento de la revelación, el viajero desempaca triste su inservible maleta. Sus ilusiones rotas demuestran ser más costosas que el vuelo más largo del mundo; sin embargo, algún día descubrirá que ha hecho el mejor viaje de su vida.

Máscara

En mi percepción del mundo nada-ideal, vivimos en una sociedad donde las máscaras cada día pesan más. Y, siendo la honestidad un sentimiento tan malvisto, uno elige con cautela cuál es la mejor expresión para ocultar lo anormal de tu estado de ánimo: el rostro para enfrentar la vida sin que ésta note el daño que te causa. Por eso me da por analizar cuánto llanto inconsolable se esconde bajo una carcajada nacida de un chiste que no es tan gracioso, cuánto pesimismo hay detrás del optimista que piensa que todo-pasa-por-algo o cuánta soledad siente una persona adicta al trabajo.

Me da por ver los rostros ajenos y, por inercia, pensar en el propio. Siento entonces la comezón que me produce usar una cara que no es del todo mía, el dolor mental que disimulo fingiendo un dolor de cabeza o una contractura muscular. Y todo apesta. Me ataca el peso de mi máscara, y con él llega el dolor que produce querer desprenderla de tajo; me resulta más fácil soportar la incomodidad que padecer el dolor de quitarla. Y lloro esperando que mis lágrimas sirvan de lubricante para aflojar la cara falsa cuando en realidad son pegamento.

El cinismo termina siendo una realidad. Te has convertido en tu personaje, ése que no demuestra nada sintiendo todo. Practicas tu anulación de personalidad porque aprendiste que sólo ganan quienes controlan su no-expresión. Poker face.

Con el paso del tiempo cuentas tus ganancias y descubres que has vencido los altibajos de la vida. Por fin puedes quitarte la máscara sin dolor porque tu estado de ánimo refleja lo que sientes: éxito. Lo disfrutas y te miras al espejo a la menor provocación.

Sonríes como nunca, pero basta un mínimo descuido para que aparezca la expresión que no sabías que sentías:

A nadie le importas.

Poker face.


Reflejo interior

Son incontables las veces que me miro sin reconocerme. Me paro frente al espejo al salir de la regadera, limpio la capa de vapor que deja el agua caliente sobre el vidrio y me contemplo de pies a cabeza. Me palpo una teta, luego la otra, las tomo con la mano abierta y las dejo caer: siento su peso, pero sé que la del espejo no soy yo. Hago gestos y siento los músculos de mi cara moverse, pero sé que la del espejo no soy yo. Alzo los brazos, me miro las axilas, agito la cabeza y siento mi pelo mojado caer contra mi espalda, pero no me reconozco para nada. Me doy la media vuelta para mirar mis nalgas en el reflejo, pero sigo sin ser yo. Me acerco para mirarme con más detalle, veo mis pestañas y parpadeo al mismo tiempo que la del espejo, pero sé que no soy yo. Me reviso la entrepierna y me desconozco aún más; de no ser porque orino por ahí, diría que tengo un órgano inservible. Mirarme desnuda es un ritual que detesto pero que no puedo evitar hacer día con día, es adictivo.

Por fortuna, después de la ducha, viene mi parte favorita: vestirme y maquillarme. Decidir cómo quiero verme es algo que el espejo no puede arruinar. Y elijo una falda o un vestido o un pantalón y los zapatos o tacones o botines que mejor funcionen y después me seco el pelo y lo peino o lo dejo suelto o lo amarro y después me depilo el bigote y la ceja y me pongo rímel o labial o polvo; el orden no importa, me maquillo. Y cuando tengo todo listo, me doy los últimos toques, me perfumo y procedo a mirarme de nuevo al espejo. Y entonces me reconozco de nuevo. Ésa del espejo sí soy yo, parpadeamos al mismo tiempo y nos vemos igual de hermosas, mucho más que antes. Sí, soy el cliché de la mujer que se transforma con maquillaje. En mi caso, la mona vestida de seda sí se convierte en algo mejor.

Mierda, siempre me olvido lo más importante. Eso que odio más que pararme desnuda frente al espejo: ocultar lo que menos me gusta de mí. Entonces me quito la falda o el vestido o el pantalón y los calzones. Después, me siento en el retrete, abriendo bien las piernas para hacer más fácil el proceso. Entonces me agarro los testículos y los empujo hacia adentro. Es doloroso, pero la belleza cuesta. Una vez vaciado el escroto, jalo el pene hacia atrás y uso la cinta para pegarlo en su sitio.

Vuelvo a mirarme al espejo de pies-a-cabeza y reconozco que mi mayor mentira vuelve mi realidad mucho más llevadera.

Qué importa que la verdad sea cruel. Siempre podrá disfrazarse.

Inquebrantable

Hace unos días me cagué en la sala. Así, sin más; decidí quitarme el pañal y aventarlo tan lejos como pude. Después, con una serenidad digna de cualquier artista respetable, me dispuse a crear el mojón más perfecto que la humanidad haya visto. Podría decir que se parecía un poco al pensador de Rodin, pero superior: una perfecta escultura resultado de la máxima concentración, un gran reflejo de nuestro siglo. Vaya obra maestra. Gracias, puré de manzana; gracias, supositorio que no creía necesitar.

Como era de esperarse, mi madre no supo valorar mi gran creación y, después de un par de fuertes nalgadas, decidió encerrarme en lo que bauticé como La Cárcel del Carácter. El lugar más frío y oscuro del planeta, donde hasta las mentes más poderosas podrían perder su sensatez. Un sitio que sólo podían soportar los valientes de corazón, con una estructura más alta y fuerte que la de cualquier prisión de máxima seguridad; lejos de mis juguetes, la televisión y la tierra del jardín, sin posibilidad alguna de salir. Incontables han sido las horas que he pasado en aquel horrible rincón, así como las que he buscado una ruta de escape, algo que sin duda me ha hecho más fuerte.

La rutina siempre ha sido la misma: hago algo malo, mi madre se enoja, me nalguea, me encierra, me libera esperando haber quebrantado mi espíritu, se da cuenta que no funciona, se vuelve a enojar y me vuelve a encerrar. O al menos eso esperaba que sucediera esta vez. Pero no fue así.

Pasaron uno, dos, tres días. Ahora sí me saca. Nada. Esta vez el enojo de la vieja parecía no tener final. Lo peor: fui sometido a una dieta de fórmula de crecimiento, y nada más. Había escuchado de Guantánamo, pero nunca pensé que existiera tal crueldad hacia un ser humano. Oh–santo-destino, mi propia madre se había convertido en mi verdugo, qué tragedia.

¿Y ahora qué? ¿Intentar escapar? Imposible. ¿Mandar una carta de rescate? No sé escribir. ¿Llorar por perdón? Primero muerto… Eso. Sí, eso era: una huelga de hambre. Ninguna madre es capaz de ver morir a su hijo y no hacer nada. Adiós, estúpida fórmula de crecimiento. Adiós a tu enojo, vieja loca.

Y empecé. Como era de esperarse, mi verdugo intentó alimentarme a la fuerza, pero falló. Las veces que lograba introducirme algo de comida en la boca, yo de inmediato la vomitaba. Maldita, esto es la guerra, le decía sin decirle.

Aguanté la batalla con estoicismo por un par de días, pero al tercero me sentía mareado. No dormía por temor a ser atacado en mis sueños. La paranoia comenzó a invadirme; aquel rincón parecía cada vez más frío; escuchaba los gritos de mis juguetes, sufrían tanto como yo. Estaba cansado. Pero no cedí, la lucha seguía. Pronto llegará la paz, aguanta, me decía buscando animarme.

Al cuarto día no pude más, vi mi vida —con sus pocos meses bien contados— pasar frente a mis ojos. Estaba derrotado, no había más qué hacer. Y lloré por primera vez en la historia. Me traicioné y lloré por perdón; ya no tenía nada que perder, excepto el orgullo que me atrapó en ese rincón. Maldita sea, toda una vida de valentía tirada a la basura por hambre, qué tipo más básico.

Sabía el precio de rendirme, así que tuve que llorar durante horas hasta que por fin mi madre vino a mi rescate. Al mirarme, su rostro se lleno de lágrimas y, con la voz más tierna que haya usado conmigo jamás, me pedía perdón. Ella. A mí. Perdón por hacerte esto, decía. Tú no tienes la culpa, decía. Y se soltaba a llorar con más fuerza, y yo lloraba con más fuerza. Y después ella ahogaba mis gritos. Fue entonces que lo tuve claro.

Me voy a morir aquí, en tus brazos, maldita. Para que siempre recuerdes el día que dejaste morir a tu hijo. No tienes perdón, maldita.

Gané, maldita.

Perfección

Todos parecen buscar la perfección; sin embargo, cuando la tienen enfrente, no saben hacer nada más que criticarla. No entienden lo difícil que es vivir con ella, elevando siempre los estándares, haciendo que cada cosa hecha sea mejor que la anterior. Es frustrante.

Me recuerdo perfecta desde siempre. O al menos eso me hizo creer mi madre, todo el tiempo preocupada porque no comiera de más, porque respetara una dieta establecida por ella y sus estándares de belleza según nuestra sociedad. Eso sin mencionar la incontable cantidad de tratamientos que buscaba para conservar mi rostro. Y lo peor de todo es que daba resultados. Gracias a la obsesión de mi madre terminé convertida en reina de todo tipo de concursos de belleza, dentro y fuera de la escuela. Pero en el fondo yo detestaba ese tipo de premios, buscaba algo más, quería ser reconocida de verdad, por mucha más gente que los jueces de aquel tipo de concursos absurdos.

Los años pasaron y descubrí el poder que mi belleza tenía sobre los hombres. Siempre tan interesados en complacerme, haciendo de todo con tal de presumirme a la mañana siguiente como su trofeo. Pero yo conocía bien el juego, nunca pudieron ganarme. Eso pasa cuando eres la parte poderosa de cualquier transacción: marcas las reglas del intercambio y esperas que la parte débil acepte, aun cuando insista en negociar mejores condiciones. Pero no, siempre fui una socia despiadada. Sé lo que quieres, así que dame todo lo que quiero para ver si mínimo considero la opción de retribuirte una pequeña parte. Espera, no es suficiente, quiero más.

Nunca supieron que no ganarían nada. Este tipo de actitud logró que todos los hombres se alejaran de mí. Al parecer, tenían miedo de no cumplir con mis (absurdos) estándares. Y estaban en lo correcto, nadie podría. Estaba en una relación seria conmigo misma.

Al inicio me pareció divertido estar sola, siendo yo, sin tener a nadie. Después fue aburrido, no tenía ningún sentido tener tantos recursos y no poderlos explotar. Por si fuera poco, la envidia de las mujeres también me aburrió. Fallé.

La soledad comenzó a rasgar mis entrañas cada vez más. ¿De qué servía ser tan hermosa si sólo el espejo parecía comprenderme y tratarme bien? Terminé recluida y solitaria, preocupada por nunca más ser reconocida de nuevo.

Fue entonces que tuve mi momento eureka: necesitaba conquistar internet. Sí, eso le daría sentido a mi vida y por fin lograría el reconocimiento que merecía. Empecé con una foto y unos cuantos likes de gente que conocía. Después otra foto y unos cuantos likes de gente desconocida. Después otra más y mi perfil comenzó a inflarse en números y comentarios. De nuevo la gente admiraba mi belleza y los hombres parecían estar dispuestos a todo; ya ni siquiera por presumirme como trofeo, sino sólo por conocerme. 

¿Y si pido opinión sobre mi nuevo corte de pelo? ¿Y si presumo el color de mis labios? ¿Y si pongo la boca así? ¿Y si finjo que no estoy mirando a la cámara? ¿Y si esta vez subo una foto de mis piernas? ¿Y si me publico leyendo algún libro? ¿Y si finjo que me gusta el fútbol? ¿Y si me inscribo al gimnasio? ¿Y qué pasa si me fotografío en lencería? ¿Será este mi mejor ángulo? ¿Qué tal así?

Compartir mi belleza se convirtió en una adicción, necesitaba que cada fotografía triunfara más que la anterior, que más mujeres me envidiaran y muchos más hombres me desearan. Information is power? Beauty is powerful.

Comencé a recibir ofertas de empleo: modelaje, actuación, publicidad. Todos querían un poco de mí para ellos; una vez más era la parte fuerte de la negociación. Y exigí y exigí sin parar. Todo eso generó que más mujeres (menos hermosas, por su puesto) hicieran lo mismo, usándome de inspiración. Me convertí en un producto estrella.

Fue muy divertido. Hasta que mi adicción me volvió miserable. Y todo mundo sabe que la tristeza siempre realza cualquier adicción. ¿Estás triste? Selfie. ¿Cansada? Selfie. ¿Algo salió mal? Selfie.

¿Cómo van los likes?
¿Por qué han bajado?
¿Ya no soy hermosa?
¿Qué está pasando?
¿Dónde están mis 3500 amigos?
¿Por qué la vida me odia?

Fue así que dejé de compartir fotos, y con las fotos se fueron el reconocimiento y los contratos. Y con todo eso se fueron mis ganas de existir.

Vaya porquería, tengo el ego más frágil de lo que pensaba. Qué triste que la belleza al final no sirva para nada.

Esta soy yo a punto de morir. Selfie.